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jueves, 9 de febrero de 2012

Los tiempos idos.

  Por Malena Marín Aguirre

Estimado Rafa Viveros: Recibe  mi felicitación por continuar editando tu periódico que es medio para volver a estar enterados de las noticias relevantes del municipio. Te dije que iba a escribir algo relacionado a la ecología, pues bien:

  De mis años de niña solo tengo bellísimos recuerdos de lo que fue mi entorno; a los tres años emigré a la finca Colombia, propiedad de los Armenta, lugar en el que no pude haber caído mejor, con esas excelentes personas que habitaban el rancho y donde aprendí por consejos de mi tía Josefina y Manolo, de “Mamita” María y la tía Raquel enseñanzas y una educación envidiable, que segura estoy dejaron inconmensurables huellas en mi vida.

  Pues bien, te digo que emigré a la finca Colombia, pero para ir teníamos que caminar río arriba sobre la margen izquierda que serpenteaba el camino, entre los terrenos de mi abuelo E nrique y don Ricardo Indoval; después pasábamos el río y se llegaba al caserío de la familia Barradas Ortega, donde estaba al frente don Abraham Barradas con doña Martina Ortega, la respetable matriarca de varios hijos. El rancho recibía el nombre Flor de Chilpancingo; seguías el camino e inmediatamente pasabas por un bosque tupido de altísimos árboles de haya que estaban en un plan a la orilla del río; luego encontrabas el arroyo Cachichal y subías una calzada pasando por el rancho que fue de don Bernardo Marín (mi abuelo paterno) y que aún conservamos los Marín. Seguías  tu andar y llegabas al rancho de don Gabino Ortega Benavides, primo hermano de tío Raymundo tu abuelo político,  lugar donde ahora se asienta la congregación Carrizal; Más adelante  estaba el rancho El Tecolote donde habitaba un valiente amigo de mi padre y de los Armenta: don Trinidad Badillo, llamado cariñosamente Tino (todavía no existía la Nueva Reforma, de doña Elisa María Armenta; seguías  hasta llegar a Villa Rica, escenario de  una refriega  en la época de la lucha por la tierra que encabezaba Carolino Anaya y que posteriormente te narraré la versión que tengo de estos hechos. Luego Colombia  de los Armenta Zárate y La Unión, en ese tiempo  propiedad de don Faustino Fernández, ahora de Narciso Reyes y ahí termina el municipio de Juchique.

 Bueno, pero a lo que voy es platicarte que todo ese camino estaba serpenteado por el río Juchique, que  cambiaba de nombre según el rancho donde te pararas, ahí estaba la belleza: Bordeaban el río una inmensidad de árboles  añosos sin más compañía que las grandes enredaderas cuyas hojas colgantes eran de un verde selva impresionante (nunca supe cómo se llamaban éstas, quizá porque nunca pregunté); en el río a cada rato encontrábamos pozas de todas las profundidades, las había donde nos bañábamos  los pequeños sin que corriéramos peligro y las profundas en donde se encontraban bobos, huevinas, guapotes, truchas y hasta anguilas, camarones y nazas (acamayas). ¡se encontraban por montones!
  Recuerdo ¡ay! Que en los tiempos de tormentas bajaban al río algunas gentes a poner sus canastas, una especie de barquillos hechos con varas muy delgadas amarradas a aun aro de bejuco donde era la boca y atadas en su extremo con otros bejucos a manera de cucurucho y ¡ay hermano! Esto era agarrar camarones, eran tantos que sin exagerar, te juro, un cuarto de lona de manta, de esas en donde venía el azúcar ¡deveras!, claro que no nos terminábamos los camarones. Entonces los salaban y los secaban en una lámina de zinc para comerlos posteriormente fritos con huevo, o también los hacían en vinagre; Bueno, pues en la congregación de El Carmen era famosa por  los camarones salados. Ahí los vendían y había todo el tiempo.

  De vez en vez arriaban con la chiquillería y nos llevaban a comer  al río, claro está que los adultos pescaba y las mujeres guisaban.

  En el río frente a Colombia vivían una nutrias bellísimas que nadie molestaba; nos divertía verlas evolucionar en la poza…Y hablando de animales, conocí los tejones, las cuautuzas, los mapaches, los toches o armadillos y las tuzas, las comadrejas o el tlacuaches. Las gallinas ponían donde se les daba su gana, alguna salía del monte con cuatro o cinco pollitos que allá empollaban.

   Conocí y oí cantar aves como primaveras, gorriones, matracas, jilgueros, clarines, chachalacas y hasta lechuzas y pájaros zonzos. De las lechuzas decían que anunciaban la muerte con  ese canto lúgubre que cuando lo escuchaban los vecinos decían: ¡oye, quién se irá a morir! Los gallos te despertaban impertinentes como a las cinco de la mañana igual que las chachalacas y de ahí las vacas en un concierto de armoniosas melodías, esas tan hermosas que se quedaron prendidas en mis recuerdos.

  ¿Te fijas? Ahora el río está casi seco, no existen árboles añosos o están cubiertos de parásitos (tenchos) que los están secando y nadie acude en su auxilio para que se desarrollen y no mueran.¿Qué nos pasa? Adónde vamos a parar?  Nosotros los de entonces y en nuestra tierra nunca supimos de terremotos, avalanchas, deslaves de cerros o de huracanes. Tampoco conocíamos la televisión, no sabíamos de asaltos ni violaciones de niñas, niños o ancianos, menos de zetas y cárteles que nos traen en vilo y llenos de terror.

  Te mando un fuerte abrazo y ojalá los lectores no se hayan cansado con  mi relato.

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